cubiertaAgnès de Lestrade y Valeria Docampo. – Tramuntana, 2016

En ocasiones resulta difícil expresarse con palabras. Esto podría resultar paradójico si pensamos que el lenguaje y sus poderosos componentes, las palabras, son el principal medio de comunicación entre los seres humanos, herramientas que utilizamos para expresaros y comunicarnos incluso con otras especies. También es verdad que existen personas que por diversas razones no pueden expresarse utilizándolas. En estos casos, el ser humano ha conseguido crear lenguajes alternativos en los que las palabras y los conceptos se transforman en gestos con los que lograr comunicarnos.

Pero en el país de Bruno y Andrea la razón por la que resulta difícil expresarse con palabras, es que las palabras hay que comprarlas. Las palabras se han convertido en un bien necesario pero caro, muy caro, teniendo en cuenta que todo, cualquier objeto visto o cualquier sentimiento tiene su traducción en palabras y que sin dinero para comprarlas, será difícil poseerlas. Existen palabras caras y baratas, palabras que se pierden y se encuentran, palabras que no sirven a unos pero a otros sí, palabras que se pueden comprar en rebajas…. La ocurrencia de la autora muestra un país de desigualdades en el que haciendo un claro paralelismo con el mundo actual, quien tiene dinero puede expresarse y ser visible mientras que quien no puede hacerlo, queda relegado a la oscuridad y el olvido.

Sin embargo hay sentimientos que no necesitan de palabras para mostrarse y ante los que el dinero no tiene prioridad, pero Bruno no lo sabe. Bruno ama a Andrea. Pero ¿cómo decírselo sin palabras, o con las palabras inadecuadas?. Por eso a Bruno le resulta difícil expresarse con las palabras, porque tiene tres, pero inadecuadas, cereza, polvo y silla. ¿Cómo van a ganar estas palabras a las auténticas palabras de amor que tiene Bruno, el vecino, que también está enamorado de Andrea y que además tiene dinero para comprar las palabras adecuadas?. Andrea sabe que las palabras no son tan importantes como el auténtico sentimiento y Bruno lo tiene, y lo expresa adecuadamente. Cuando Bruno regale a Andrea sus palabras, lo hará con tal sentimiento, que Andrea no necesitará palabras para responderle, sólo tendrá un gesto, pero tan hermoso, que Bruno tendrá que gastar su última palabra para pedir ¡más!.

Las imágenes de la ilustradora acompañan la poesía del texto con primero planos y planos generales llenos de ternura que muestran la empatía con los personajes principales. Cargadas de simbolismo, muestran un mundo mecanizado en el que las palabras se fabrican como cualquier bien innecesario, por comprable, como un artículo de lujo. Los fabricantes son máquinas, los pobres, papel con renglones en blanco, los ricos,  texturas llenas de letras. Junto a esa mecanización la ternura del amor, del gesto, de las miradas y del color del amor, el color cereza en el que se van transformando los ocres de las primeras páginas.

Un cuento poético, tierno y emotivo que nos anima a pensar en la importancia de las palabras, en la forma de utilizarlas y en la necesidad de cargarlas de verdad y de sentimiento, utilizándolas siempre en su forma adecuada. Además, el libro anima a pensar en el valor sentimental, no económico ni pecuniario de los objetos, y principalmente de los sentimientos, que buenos o malos, siempre estarán por encima del dinero porque hay  bienes que este no puede comprar y males que nunca podrá curar. M.L.P.

A partir de 3 años